EDICIÓN N° 406, 27 DE NOVIEMBRE AL 4 DE DICIEMBRE DEL 2018

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Editorial
 

LA TRANSFERENCIA MUNICIPAL

De acuerdo a lo que, claramente señala la ley, el inicio de la transferencia municipal hace rato que en Trujillo ya debería haber comenzado, según ha señalado , originalmente, la Ley 30204 que compromete y obliga a las autoridades municipales y regionales a cumplirla con las modificaciones establecidas en el Decreto Legislativo modificatorio de la ley mencionada para “regular la transferencia de la gestión administrativa de gobiernos regionales y gobiernos locales, buscando con estas medidas contribuir a garantizar la continuidad de la provisión de los servicios públicos durante el proceso de transferencia.
En razón de ello, el mencionado Decreto Legislativo “tiene por objeto establecer la obligación de entregar información por parte de los ministerios, entidades públicas del Poder Ejecutivo, gobiernos regionales y gobiernos locales, a las nuevas autoridades electas del nivel regional y local, así como realizar acciones de acompañamiento para contribuir a garantizar la continuidad de la provisión de servicios públicos, durante el proceso de transferencia de la gestión administrativa de gobiernos regionales y gobiernos locales.”
Este proceso es obligatorio, por lo que “los gobernadores regionales y alcaldes de municipalidades provinciales y distritales que cesan en sus cargos, dirigen y ejecutan bajo responsabilidad, las acciones de transferencia de la administración regional o local a las nuevas autoridades electas, de acuerdo con los procedimientos y plazos establecidos por la presente Ley”.
“El procedimiento de transferencia de la gestión administrativa es de interés público, de cumplimiento obligatorio e involucra tanto a la autoridad que cesa como a la autoridad electa para el nuevo periodo de gestión.”
Es por ello, muy importante precisar y exigir que el proceso de transferencia regional y municipal se esté cumpliendo estrictamente dentro de las expectativas del gobierno y de la colectividad y de los plazos que la seriedad requiere. A tal punto de que si se hubieran suscrito pactos o acuerdos, estos deberían haber sido comunicados a la Presidencia del Consejo de Ministros con una anterioridad de, por lo menos tres meses.
Las circunstancias y características políticas de la Región La Libertad tienden ofrecer cierta tranquilidad a la ciudadanía porque la similitud de las autoridades electas del mismo signo partidario facilita el proceso, aunque sin descuidar el cumplimiento oportuno del proceso, ya que la responsabilidad es en este caso totalmente personal.
Es por ello que se torna altamente preocupante el que, según ha sido señalado, la transferencia municipal en la ciudad de Trujillo, a 34 días del inicio del nuevo período municipal este ni siquiera ha comenzado, incluso tomando en cuenta la precariedad del tiempo disponible en el duodécimo mes del año, frecuentado por muchos días feriados y de celebraciones cívicas y religiosas, tornando pesimista el pronóstico de que este proceso pueda terminarse a tiempo dentro del calendario anual. Las nuevas autoridades electas deberían acentuar su preocupación y su terminante exigencia para que con los instrumentos punitivos que la propia Ley 30203 y su Decreto Legislativo señalan, las salientes cumplan su deber.
Una información periodística ha señalado que el saliente alcalde se “niega a abrir la puerta cuando se le busca para tratar este tema” y que traspasa al gerente municipal el cumplimiento de la ley, escabullendo su plena responsabilidad. Todo esto supone, entonces, que serán muchos los problemas que las nuevas autoridades municipales electas van a encontrar desde el mismo instante en que comience su administración, originando y logrando la impaciencia de la ciudadanía que aún no sale de su asombro de comprobar no solo el dramático estado de la ciudad originado en estos últimos cuatro desastrosos años, sino la facilidad cómplice con que el uniformado encuentra lugar para su impune proceder.

 

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Atticus Finch o “Matar a un ruiseñor”

Por Javier Junceda

“-Señorita Jean Louise, señorita Jean Louise, levántese. Su padre se marcha.”
No pasan los años por este conmovedor fotograma de “Matar a un ruiseñor”, que reproduce la salida en silencio de la sala de vistas de su protagonista bajo la apesadumbrada mirada de un anfiteatro poniéndose en pie tras presenciar su vana defensa de Tom, su representado.
La figura de este sereno héroe contemporáneo continúa siendo sumamente estimulante, sobre todo en tiempos tan desalentadores para la moral como estos. Su ejemplo como padre, como letrado y como respetable ciudadano merece ser rescatado e incluso explicado en las escuelas, en donde debiera ser preceptivo que esta película fuera vista por niños y jóvenes. Durante años, proyecté este fragmento a mis alumnos de derecho, proponiéndoles que se fijaran como meta personal y profesional la decencia de Atticus Finch, aún considerado el más destacado personaje del cine norteamericano de cualquier época.
Harper Lee plasmó en él a su venerado padre, también abogado de provincias y al parecer con similares inclinaciones hacia esa ética que huye de los sermones y anhela ponerse por obra. Sin ceder a los perjuicios y prejuicios de distinto orden que le podría acarrear un peliagudo encargo, Atticus lo asume con deslumbrante naturalidad por simple coherencia, importándole un bledo lo que no sea la búsqueda de la justicia.
Lo que Atticus Finch exhibe a lo largo del filme es la mejor lección de deontología profesional, pero también un soberbio estilo que tendría que recuperarse con cada generación. Sus sabios consejos a sus hijos, su educación con la criada, su propuesta conciliadora antes de cualquier disputa, su respeto a las reglas del juego aunque no necesariamente las comparta o su atrayente honestidad, lo convierten en un excepcional superhombre sin capa, un ejemplo intemporal a seguir.
Piensa además Atticus igual que otro glorioso mito cinematográfico del derecho, el juez Dan Haywood de ¿Vencedores o vencidos?: que una nación y sus ciudadanos son la causa que defienden cuando defender algo es lo más difícil. La Justicia, la verdad y el respeto que merece el ser humano unen en la gran pantalla a estos dos colosales personajes magistralmente interpretados por Gregory Peck y Spencer Tracy, y lo hacen además en unos mismos años, porque estas dos cintas datan de comienzos de los sesenta del pasado siglo, cuando estaban aún recientes las tragedias provocadas por el fanatismo en medio mundo.
En instantes como estos en los que la moral se ve desplazada por modas fugaces que no dejan ningún poso, en los que el dinero y el placer disfrazado de felicidad ocupan la escena, volver la vista al impecable Atticus constituye un formidable revulsivo, de esos que verdaderamente devuelven la fe en el ser humano. El buen padre, jurista y ciudadano de Alabama pudo haberse ahorrado infinidad de problemas de haber claudicado hipócritamente al contexto social de su momento, pero no lo hizo llevado por la ejemplaridad debida a su familia y a su entorno, algo que tiene tanto de sencilla heroicidad por su infrecuencia y valor.
Desde luego, qué bien nos iría si contáramos con más Atticus Finch en cada casa.

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FOTOSUCESOS

Terribles imagenes impactan al mundo, luego del devastador terremoto de magnitud 7.0 que afectó a Anchorage en Alaska.

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