EDICIÓN N° 388, 8 AL 14 DE MARZO DEL 2018

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Cultural
 

Hallan una 'parte' del
Gran Cañón en Australia

Una investigación de científicos australianos ha confirmado que pese a encontrarse a miles de kilómetros de distancia, entre las rocas de la isla de Tasmania (Australia) y las del Gran Cañón de Arizona (EE. UU.) hubo una antigua conexión geológica. El estudio en cuestión fue publicado en la revista Geology. Según resume el portal Phys.org, este hecho tuvo lugar durante la existencia del supercontinente Rodinia hace 1.100 millones de años, cuya configuración ha sido objeto de debate en el mundo científico durante más de dos décadas. El equipo liderado por el investigador Jacob Mulder encontró una extraña similitud entre las rocas sedimentarias del llamado Rocky Cape Group de Tasmania y las del Unkar Group, que se ubican en el Gran Cañón, en el suroeste de EE. UU. Las rocas de Tasmania habían desconcertado a los científicos debido a que “no se parecían mucho a las del Mesoproterozoico cercanas en Australia”, señaló Mulder. Por eso, el equipo decidió analizar los granos del mineral circón, que constituye una pequeña proporción de estas, para entender de dónde provenían.
Como resultado, los investigadores establecieron que “las rocas del Gran Cañón no solo tienen un aspecto similar a las de Tasmania y tienen la misma edad”, sino que “los circones detríticos en las rocas sedimentarias del Gran Cañón también comparten la misma huella geoquímica que los circones en las secuencias meso proterozoicas de Tasmania”, afirmó el autor del estudio.
“Juntas, estas diferentes líneas de evidencia respaldan la interpretación de que las rocas sedimentarias de Tasmania formaron parte del mismo sistema de cuencas mesoproterozoicas que ahora están expuestas en el Gran Cañón”, indicó Mulder. “Concluimos que, aunque ahora está en el lado opuesto del planeta, Tasmania debió estar unida al oeste de EE.UU. en el Mesoproterozoico”, agregó.
Según el científico, el estudio es importante para entender la configuración de Rodinia, ya que “parece haber dejado al descubierto secretos de este supercontinente que han permanecido en el misterio durante décadas”.

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Las aves 'heredaron' sus huevos
de colores de los dinosaurios

Los huevos coloridos no son “una innovación aviar” como se creía hasta ahora. Un equipo de investigadores liderado por la paleontóloga Jasmina Wiemann, de la Universidad de Yale (EE. UU.), ha establecido que los dinosaurios ya ponían huevos de colores con tonos azules y marrones, según su estudio publicado en la revista Nature. Según recoge la agencia Reuters, los científicos analizaron doce cáscaras fosilizadas de huevos de dinosaurios hallados en Europa, Asia y América del Norte y del Sur. Como resultado, se estableció que los huevos de un grupo conocido como Eumaniraptora contenían los mismos dos pigmentos que los huevos coloridos de las aves modernas: el pigmento azul-verde, llamado biliverdina, y el marrón-rojo, conocido como protoporphyrin IX.
Este grupo de dinosaurios incluía especies como el carnívoro velociraptor y otros pequeños considerados los antecesores de las aves, que estaban cubiertos de plumas. Por ejemplo, se descubrió que el carnívoro deinonychus ponía huevos azules con manchas marrones, mientras los del oviraptor tenían un color azul oscuro.
“Algunos eran de color uniforme, algunos manchados”, precisó otro investigador, Mark Norell. “Era como en las aves modernas: el huevo del petirrojo es uniformemente azul, pero el de la codorniz está manchado”, comparó.
“Descubrimos que el color del huevo no es una característica exclusiva de nuestras aves modernas, sino que evolucionó en sus ancestros dinosaurios no aviares”, concluyó Wiemann. Según subrayó, el estudio “cambia de manera fundamental nuestra comprensión de la evolución del color del huevo, y agrega color a los nidos de dinosaurios en el verdadero 'Mundo Jurásico'”.

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Sugieren que la Tierra pudo
ser un “planeta morado”

La NASA publicó recientemente una peculiar imagen satelital, tomada el 14 de julio de 2017 en medio del océano Atlántico por el satélite Suomi NPP. En la foto, que muestra una parte del océano a varios cientos de kilómetros al este de la costa brasileña, se puede ver un punto rojo aislado que indica que el área marcada es inusualmente cálida, también conocida como 'anomalía térmica'.
El Radiómetro de Imágenes Visibles Mediante Infrarrojos (VIIRS) del satélite Suomi NPP, operado conjuntamente por la NASA y la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de EE. UU., detecta miles de estas anomalías todas las noches. La mayoría de ellas son causadas por incendios.
“Pero, obviamente, no hay un incendio en medio del océano”, explicó en un comunicado Patricia Oliva, científica de la Universidad Mayor (Chile), que había participado en el desarrollo de un algoritmo de detección de incendios para el VIIRS.
Las erupciones de gas natural a veces son marcadas por el VIIRS, sin embargo, solo ocurren en aguas poco profundas cerca de la costa. De manera similar, la actividad volcánica se puede marcar como una anomalía, pero no hay volcanes cerca del punto rojo en el mapa. Resulta que la explicación está vinculada a un misterio mucho mayor. “Casi seguro que es SAMA”, señaló Oliva, en referencia a la Anomalía Magnética del Atlántico Sur.
SAMA es un área donde uno de los llamados cinturones de radiación de Van Allen de la Tierra se acerca más a la superficie, descendiendo a una altitud de alrededor de 200 kilómetros. Estos cinturones son zonas de partículas cargadas de energía, la mayoría de las cuales se originan en el Sol, que son capturadas y mantenidas alrededor del planeta por su campo magnético. La anomalía magnética significa que esta región del Atlántico y los satélites que pasan por encima de ella están expuestos a niveles de radiación superiores a los normales.

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Extirpar el apéndice puede
evitar una terrible enfermedad

Tras analizar expedientes médicos de más de un millón de habitantes de Suecia, unos científicos han establecido que el apéndice podría ser el origen de la enfermedad de Parkinson, reporta el diario británico The Guardian.
El estudio liderado por Viviane Labrie, profesora adjunta del Instituto de Investigación Van Andel (Míchigan, Estados Unidos), ha establecido que las personas a las que les extirparon este órgano en su juventud corren un riesgo 19 % inferior de desarrollar esa enfermedad neurodegenerativa.
Esto se debería a que esa prolongación del intestino actúa como un gran reservorio para las proteínas alfa-sinucleínas, vinculadas con el comienzo y el avance del párkinson, y se cree que ese mal se desarrolla cuando escapan y terminan en el nervio vago, que conecta el vientre con el tronco cerebral.
“A pesar de que su reputación indica que es en gran parte innecesario, en realidad el apéndice desempeña un papel importante en nuestro sistema inmunológico, al regular la composición de nuestras bacterias intestinales y ahora, como demuestra nuestro trabajo, en la enfermedad de Parkinson”, ha señalado Labrie.
No obstante, la eliminación del apéndice no supondría una protección completa para evitar el párkinson, debido a que el origen de ese mal también puede estar en otras partes de nuestro organismo.

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